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La primera noche

-Pórtate bien- me había implorado mi madre antes de despedirse. Era la primera vez que viajaba dejándome sola en casa. Yo tenía unas ganas terribles de transgredir la moral y las buenas costumbres -normales a mis dieciocho años- y tenía un novio de rechupete que volvía la tentación aún más irresistible. Lo primero que hice fue armar una fiesta que amenazó con volverse un asunto policial. Lo segundo, perder ese estorbo que llaman la virginidad. Debuté la madrugada de un primero de noviembre, día de todos los Santos, que ironía. No hubo sangre: el deporte, los tampones, quién sabe. No sentí dolor, pero tampoco placer. Sabía de antemano que era inútil esperar un orgasmo, y aunque luego de varios años de exploración auto asistida ya sabia como llegar, aquello no ocurrió esa primera madrugada. Por último, tampoco hubo culpa: me recuerdo acostada en mi cama adolescente, melosa, eufórica, con una sonrisa de escolar saliéndose con la suya. Luego de esto mi novio siempre me ha reclamado que no sangre ni me dolió y nunca creyó que yo le entregue mi virginidad. Nayibe, 22 años, Caracas.

Por lo general, la primera relación sexual con la consecuente pérdida de la virginidad, suele estar rodeada de miedos y temores. Son, hasta cierto punto, normales, al tratarse de una experiencia desconocida. El principal temor de las mujeres es el dolor provocado por la ruptura del himen, pues temen que sus parejas las consideren inexpertas y las rechacen. También pueden sentir culpa por motivos religiosos, culturales o familiares. Por toda esta mitología que se ha creado en torno a la virginidad, casi siempre se vive de modo muy poco placentero esta primera experiencia sexual.

“Virgen” designa al hombre o la mujer que no ha tenido relaciones sexuales. En el pasado reciente, la palabra se aplicaba por lo general sólo a las mujeres, y se refería especialmente al himen, una delgada membrana muscular que cruza la vagina cerca de su abertura, y que esta presente desde el nacimiento. La mayoría creía que esa membrana permanecía hasta que la mujer tenía su primera relación sexual, y entonces se “rompía”. Según los mitos, ese dramático acontecimiento estaba acompañado por cierto dolor y sangramiento.

Durante algunos periodos históricos (e incluso ahora en algunas civilizaciones), se exigía a la nueva familia de la novia que exhibiera las sabanas que se habían usado la noche de bodas; las sabanas manchadas con sangre se consideraban la prueba fehaciente de la virginidad de la novia.

Ahora sabemos que la membrana comienza a desaparecer poco después del nacimiento, y que continúa en proceso de desaparición durante la niñez y la adolescencia. Si el mito de la membrana intacta hasta la noche de bodas fuera verdad, ninguna mujer podría menstruar hasta su boda porque el flujo menstrual quedaría retenido por el himen. La falta de sangre en las sabanas la noche del casamiento o el primer coito libre de dolor no indican que la mujer haya tenido relaciones sexuales con anterioridad.

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Dr. Miguel Sira. Médico Sexólogo.

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