Publicidad

izquierda

lunes, 26 de junio de 2017

Regístrate | Iniciar sesión

Sombra
facebook dominical Twitter dominical Youtube dominical Instagram de Revista Dominical

  Buscador

Sombra 1

Actualidad

Batallas en primera persona

Quienes escriben suelen pensar que su oficio tiene un poder liberador. Estos tres textos, elaborados por mujeres que padecieron de cáncer de mama y están dedicadas a la palabra, dan fe de tal virtud. Comunicar se convirtió en necesidad y salvación


Fecha: 19-10-2016

Etiquetas: “Cáncer de seno”, “Cáncer de mama”, Prótesis, “Edición rosada”, “Revista dominical”, Escritoras, Literatura, Poesía, Mamoplastia, Confesiones


Batallas en primera persona
Luchadoras cuentan sus historias. (Créditos: Patrick Dolande)

Por: Redacción Dominical, @Redominical

 



Maria Teresa Otero

Todo empezó a ir muy mal. Un día llegué a la casa con mis hijos y mi esposo había sacado todas sus cosas, se rindió, se cansó, lo entregó todo ¡Qué sé yo! Es cierto que me había advertido que se iría, pero para mí era una más. Esta vez no fue igual, me derrumbé, los chicos se derrumbaron. Con 30 años y dos niños de 7 y 5, sentía que el fracaso ondeaba su bandera en mi cara, sin ningún tipo de piedad, pasé por toda una gama de emociones terribles, me sentía rota en cada fibra de mi ser.

Luego de la separación, decidí mudarme, empezar de cero, conseguí un colegio en una nueva ciudad, renuncié a mi trabajo y enfilé mi artillería a una nueva promesa de vida. Finalmente, viajamos, una semana después todo apuntaba a un cáncer de mama y, al llegar la biopsia, lo confirmé. La operación tendría que ser urgente.

Unos días antes, mientras me bañaba, descubrí una pelota en mi seno derecho, tardé una semana aproximadamente en empezar a estudiarla. Diez meses atrás me habían hecho un estudio de las mamas y los resultados estaban perfectos. Después de un tiempo muy breve tenía más de cinco lesiones en mi seno derecho. Recuerdo a mi doctor exhalar, sentarse, y preguntarme: Marite, ¿qué pasa con tu vida personal? Fue el momento en el que me detuve a pensar en qué estaba haciendo, y luego a decidir cómo asumiría esto. Para esta nueva adversidad, era necesario cambiar la estrategia.

Soy luchadora y sobreviviente al cáncer de mama, me han quitado y reconstruido mi seno derecho, vaciaron mi axila y recibo quimio. Al terminarla me espera una nueva operación, esta vez estética.

Cuando me vi sumergida en este diagnóstico, pensar en la gente susurrando alrededor me causó un malestar mayor. Decidí romper con los secretos, me dediqué a contar mi historia por las redes, Facebook, Twitter e Instagram, mis momentos, mis miedos, mis enojos y mis alegrías, creé una etiqueta (#cronicacancerdemama) para motivar a otras mujeres mientras me auto-motivo, me convertí en una defensora de andar con la cabeza rapada al descubierto, no es que adverse las pañoletas o las pelucas, es que grito a los cuatro vientos que usarlas por vergüenza por cómo otros te miren no debe ser la razón por la cual estés incomoda. Los mensajes que recibo por las redes a diario son impresionantes, mucha gente solidaria elevando sus plegarias y otros tantos de mujeres batallando con la misma fuerza que yo.

En cuanto a mis hijos, saben que su mamá está luchando con una enfermedad, conocen que recibo quimioterapia, y al verme rapándome la cabeza decidieron hacerlo también para apoyarme. Ellos saben que soy una guerrera, a veces tienen miedo y me dicen que no quieren que yo muera, yo sonrío. “Aún no me puedo ir, tengo muchas cosas que enseñarles”, les digo. Los niños tienen una empatía nata.

Yo decidí pintar de colores esta batalla, me maquillo aunque nadie me vaya a ver, me veré yo y eso me anima. Trato de salir de la cama, de mantenerme ocupada con las cosas que me apasionan, no oculto mis sentimientos, si amanecí enojada lo digo, y trabajo para mejorar en el camino. Apenas me siento con fuerza, salgo a caminar, tomo jugos verdes y me esfuerzo por hacer cosas que me hagan feliz, aunque no tenga ganas. Los resultados son aleccionadores.

He aprendido, de una manera muy dura, que la felicidad no es ese objetivo que uno se cuelga en la mente como el cuadro preferido, sino que se trata de cada momento que puedes sonreír y agradecer a Dios por un nuevo día. Aprendí a disfrutar de eso. No le tengas miedo al cáncer, imagina una ola preciosa y surfea sobre él, deja que te enseñe lo necesario, y luego despídete agradecida por lo aprendido. Dios te bendiga.

Sonia Gonzalez

El 31 de diciembre del año 2011, a las 12 de la noche, le agradecí a la vida, porque ese año había sido el gran año de mi suerte. La mejor de las suertes. Había descubierto un cáncer en mi pecho, me habían operado tres veces en tres meses y (¡qué impresionante!) había perdido un seno. Pero ese fue el mejor año de mi vida: ese año me salvé.

Ir al médico hizo la diferencia. Mi abuela no tuvo la misma suerte que yo. Murió de un cáncer de seno porque se tocó ese bulto por meses, en silencio, bajo la ducha, en el cuarto, en la cama, bajo las sábanas y cuando finalmente se atrevió a contarlo, era demasiado tarde para ella.

El día en el me dijeron que dos tumores malignos de casi un centímetro estaban en mi seno derecho... me sentí completamente perdida y asombrada. ¿Cómo algo tan pequeño podía ser tan peligroso? Recuerdo escuchar la noticia como si todo aquello fuera un invento de mi mente alucinada. Y en el papeleo que me tocó hacer previo a los múltiples exámenes que me mandaron, al escribir por primera vez "cáncer de mama" la mano me tembló. Es extraño, pero también me sentí muy avergonzada.

Fue un año de duro trabajo. Nadie se imagina toda la energía que se pone -y se lleva- esta enfermedad. No sólo no se la imagina, sino que no se la siente -toda esa energía escapando-, tan empeñados como vamos en superar la siguiente prueba... tan concentrados. Tan ocupados. Tampoco es algo que puedas olvidar, pues el simple hecho de seguir por varios años un riguroso programa de citas y exámenes médicos de rutina con un oncólogo te hacen recordar lo vivido. Ni se puede ser "un ejemplo para otras" -algo que tal vez me habría gustado, por mi manía de enseñar y dar el ejemplo- porque cada caso es único y particular, cada tratamiento también y cada respuesta del cuerpo y de la mente igual.

Pero lo que sí puedo contar es que, una vez más, la escritura apareció para salvarme. Al recibir la noticia, apenas pude hablar con las personas más cercanas a mi entorno familiar. Rechazaba -y hasta odiaba- las llamadas de apoyo de los amigos que se atrevieron a llamarme. Lo que mi alma entendió el día en el que el médico me entregó los resultados de la biopsia fue que, por encima de cualquier cosa, se trataba de sentir. Y de eso justamente se trata la poesía. Desde el momento en el que salí por ese largo pasillo de la clínica agarrada de mi esposo, la poesía acudió a mí... ella tan fiel, tan pura, tan alimenticia. Comencé a ver con esa visión aguda y desdoblada de finalidades el estado puro de las cosas que tenía frente a mí: una hoja, una enfermera, una puesta de sol, un niño. Todo se volvió delicada y prístinamente poético. A sabiendas, comencé a "perder" poemas, pues decidí que no correría tras ellos.

Es así como, en pocos minutos, transmuté la palabra "cáncer" por esa otra pura y sanadora que me conectaba con todo lo vivo porque... si se trataba de sentir, entonces el cáncer también podía ser poético. Y mucho. Todos aquellos poemas "no nacidos" que perdí por meses, comenzaron a brotar mucho más tarde, sólidos y perfectos y ahora forman parte de un conjunto de poemas que titulé "La piel surtidora". Pero ese ejercicio de sentir casi de manera amplificada, me hizo entender la importancia de vivir en presente. Más tarde me hice meditadora vipassana, y comencé a practicar la meditación todos los días (pero esa es otra historia).

 Lo que sí tengo claro es que bajo esa premisa del presente vivido en absoluto presente, nunca nada puede ser tan dulce, tan suave, tan brillante ni tan especial como "ese momento". Porque se trata solo de eso. Y por esa razón aquellos días de zozobra los ojos de mis hijos me brindaron sus chispas, el abrazo de mi esposo se transformó en un pilar, la voz de mi madre fue un techo, la visita de mis hermanas me causó una enorme conmoción y la familia toda, reunida en torno a una mesa, fue plenamente disfrutada y amada. Ocurrió lo mismo con los momentos de dolor, de llanto o miedo. La premisa de "sentir el cuerpo" me facilitó la labor de la entrega. Saberme fuera del control total de los acontecimientos.

"(...) Por aprender la paciencia del monje / me hice monje/ de fe/ y orificios /y cumplí la tarea de serenarme/ en el abismo".


Belen Santaella

Antes de entrar en materia, debo confesar que soy algo despistada o “muy despistada”, como dicen mis hijos, y no vayan a creer que es por aquello de mis sesenta y siete años y tres cuartos; lo he sido desde pequeña. Hago esta aclaratoria porque ese despiste es la causa de las travesuras de mi prótesis externa mamaria, lo cual hace sufrir muchísimo a Belén Elena, mi hija menor.

Para los que ignoran lo que es una prótesis externa mamaria, les diré que es como una bolsita que puede ser sintética, rellena de alpiste o de cualquier otra cosa que adopte con facilidad la forma requerida. Claro que también está la posibilidad de hacerse una reconstrucción de la mama con un cirujano plástico, pero yo decidí hace dieciocho años que me quedaría con una mama y un espacio vacío. Por lo tanto, uso un sostén especial donde coloco la prótesis. En algunas ocasiones he utilizado medias de seda. Nadie debería darse cuenta de que me falta un seno, pero, según mi hija, no logro mi objetivo.

No sé si es un defecto o una virtud, pero pocas veces me miro en el espejo, solo lo hago cuando me voy a maquillar para una reunión y necesito que me vean elegante, o si me acicalo para una fiesta, ocasión en la que me maquilla mi hija. Como no estoy muy pendiente de observar mi cara en el espejo, es lógico que tampoco vea mi cuerpo y, por ende, tampoco mis senos, así que no sé si la prótesis está donde le corresponde.

A veces, cuando estamos en alguna reunión, se me acerca Belén Elena y me hace señas misteriosas para darme a entender que algo anda mal entre mi cintura y mi cuello; inmediatamente meto la mano dentro de mi sostén y con disimulo trato de que los dos senos se vean iguales. Mi hija, al ver que el resultado obtenido empeora la situación, me vuelve a hacer otra seña, pero esta vez para que la acompañe al baño. Allí, con algo de impotencia, me la arregla muy bien y me dice: “Mami, tienes que estar pendiente de la prótesis, cuando no está a la derecha, está a la izquierda. ¿Es que acaso no te importa?”. La miro fijamente y le contesto: “No, porque como yo no me la veo, no sé por dónde anda. Entonces, ¿para qué me voy a preocupar?”.

Debo decir que entre mi prótesis y yo existe una conexión de picardía y complicidad, no exenta de cierto pudor. Ella y yo sabemos que estamos destinadas a caminar juntas, ya que no me gusta andar por el mundo exhibiendo el espacio vacío que dejó la operación. La necesito y no me queda más remedio que andar siempre con ella. Por eso decidimos, la prótesis y yo, llevar esa relación sin peleas, más bien con cordialidad.

Hace poco, en París, me reuní con Gladys Arnaud, una amiga de teatro, y hablamos sobre el tema del espacio vacío, el nombre que originalmente llevaba el monólogo que escribí, y que luego bauticé como Pechos de seda. Salió a relucir el tema de la importancia o no de la falta de una mama en las relaciones sexuales, el argumento central de la obra de teatro, el cual trato con cierta jocosidad. Mi amiga, después de una larga conversación, dijo algo que me impactó: “Belén, tú tienes que vivir con ese seno que ya no está. Estarán juntos toda la vida, no tienes otra opción”. Esa noche, recordando sus palabras, entré al baño, me quité la blusa y el sostén frente al espejo, y mirando la herida que dejó la operación, dije: “Gladys tiene razón, debo vivir contigo que ya no estás”. Respiré hondo. Qué sabias palabras las de mi amiga.

Y esa noche vino a mi memoria la prótesis, la que sí está, la que es parte de mi cotidianidad, la que se muda de sitio como una niña traviesa tratando de engañar a los demás, y que cree, ingenuamente, que no se darán cuenta de su existencia. Es un teatro el que hace mi prótesis. Y agradezco cuando mi hija menor se enoja por sus travesuras y olvida, gracias a Dios, que yo uso la prótesis para que no se enteren de que alguna vez un oncólogo me dijo que la biopsia había salido positiva, que me practicarían una mastectomía radical del seno izquierdo y que tendría que conocer los efectos de la quimioterapia; que fueron momentos muy duros, que decidí luchar por ella, que aún era una niña, por sus dos hermanos, para que ninguno de los tres se enterara de mi miedo, de mi terror, de mi confusión. Tengo que vivir contigo que ya no estás.

Ellos necesitaban que yo no me atemorizara porque era su roca, por eso me levanté, escondí muy profundo mi miedo y lo cambié por una sonrisa. El teatro se hizo dueño de nuestra casa, y la risa salió fácil. Lo que pudo ser una tragedia lo convertimos en comedia.

Esto lo entendemos muy bien la prótesis y yo. Por eso ella hace travesuras, porque también entendió, como yo, que pintar sonrisas en las caras de las personas que nos rodean no es tan difícil, que lo cotidiano continúa, que si usamos bien nuestras palabras, podremos cambiar tristezas por esperanzas.

Que me falta un seno, es verdad; que la traviesa prótesis cambia a cada rato de lugar, no lo puedo negar; pero tengo hijos y nietos, gente que me quiere, que me necesita, y también muchos planes. Entonces, no entiendo por qué debo preocuparme tanto por lo estético si es más reconfortante vivir con alegría a pesar de los problemas que podamos enfrentar.

Tengo que decirle todo esto a mi hija para que no se enoje tanto con mi prótesis.


WWW

Sobrevivir al cáncer de seno

http://dominical.cc/1rf0tJ1




Notas Relacionadas


Publicidad


Publicidad



Especiales

Al Fogón con Dominical.
Al Fogón con Dominical.

Al Fogón con Dominical.

Premios Óscar 2016
Premios Óscar 2016

Premios Óscar 2016

 
 


Ver más