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martes, 30 de septiembre de 2014

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Educación en cautiverio: Estudié en un internado

La rebeldía o el desgano por los estudios no eran las únicas razones que privaban en otros tiempos, cuando internar a un hijo también era una alternativa para reforzar lo bueno hecho en casa; aunque en este punto más de un lector recordará la frase amenazante: “si te sigues portando mal, te mando a un internado”

Por: Adriana Boccalón aboccalon@gmail.com

 


Educación en cautiverio: Estudié en un internado
La Maison de la Harpe, Suiza (Créditos: Archivo)

Un libro entero se podría editar con las historias de los internados, pero por lo pronto me tomo la libertad de escribir en primera persona para contarles que aun cuando yo tenía la dicha de regresar a casa todos los días, sí compartí muchas vivencias con mis compañeras internas en el Colegio San José de Tarbes, de El Paraíso, donde estudié la vida entera. Nosotras, las externas, éramos su conexión con el mundo de afuera, algo así como las lleva y trae de las niñas que quedaban presas, quienes a escondidas de las monjitas mandaban a comprar desde chucherías hasta cancioneros.

Fue justamente por esta última diligencia que casi me botan del colegio, cuando me decomisaron el librito con las letras de las canciones de moda, cuya portada mostraba una foto de Lila Morillo en bikini, estampa que fue considerada por las religiosas como algo extremadamente vulgar. Por suerte, mi madre había estado interna en ese mismo colegio y aprovechó su condición para abogar a mi favor. Hoy que escribo sobre el tema, la animo a rescatar alguna historia que quisiera compartir en estas líneas. Veamos qué nos cuenta Julia Elvira.


“Me portaba malísimo”

“Era una adolescente de 14 años cuando me internaron en Caracas, porque en Maturín, donde vivíamos, no había escuela para continuar mi educación. Son infinitos los recuerdos de esos dos años alejada de mi familia, bajo una disciplina férrea a la que no estaba acostumbrada. Me vienen a la memoria los tres rosarios al día, el vía crucis y las Misas a toda hora para purgar los pecados ajenos que cometían los paganos durante los días del Carnaval, que para las monjas eran las fiestas de la carne. Tampoco podría olvidar la pesadilla de la hora del baño, casi un ritual público supervisado por la monjita de turno que se encaramaba en una tarima para no perder detalle”, relata Julia Elvira, aclarando que, por supuesto, no se bañaban desnudas, sino con una batola de cuadritos blancos y negros con la que se restregaban el cuerpo. “¡Y ay de quien osara meterse la mano por debajo de la bata para enjabonarse sus partes íntimas!, eso estaba prohibido y desobedecer era castigo seguro, pero menos mal que los domingos, pagando un mediecito, podíamos usar el baño privado para ducharnos como Dios manda y con agua caliente”.

Agrega: “me portaba malísimo para que me dejaran sin salida los fines de semana, y no precisamente porque me gustara el internado, sino porque me entretenía más fastidiando a las monjas que compartiendo afuera con parientes aburridísimos. Supongo que me portaba mal para que me expulsaran y así apurar mi regreso a casa. Eso sí, lo que nunca se me ocurrió hacer fue seguir los pasos de Teresita, una muchachita simpatiquísima que llegó de Barcelona, quien víctima del racismo y harta de que la llamaran negrita del Congo, un día decidió fugarse del colegio”.

Cuenta Julia Elvira que la tarde que desapareció Teresita las monjas reunieron a las internas en el comedor y las rociaron de pie a cabeza con agua bendita. “No sabíamos qué estaba pasando, pero luego nos enteramos por las externas que la prensa estaba reseñando el caso de una menor que se había fugado de un afamado internado para señoritas, y aun cuando no se mencionaba el nombre de la niña ni el del colegio, todas llegamos a la misma conclusión. Según lo que supimos después, Teresita se cambió de ropa cerca de la puerta del patio trasero por donde se fugó, y como no conocía Caracas, caminó a la deriva hasta llegar a la Plaza Miranda, en El Silencio, donde se sentó en un banquito a llorar, hasta que alrededor de las 8 de la noche se le acercó un joven que le ofreció llevarla a casa de su madre, quien primero le dio albergue y luego aviso a la policía”.


Germán Flores, al seminario desde niño


A los 10 años de edad, Germán Flores se estrenaba como monaguillo en la Escuela El Buen Consejo, donde además cursaba 4to. Grado, el último donde se recibían varones. Nos cuenta que “cerca de mi casa no habían más escuelas públicas y éramos tan pobres que no podíamos pagar educación privada, por eso fue una bendición tener la oportunidad de entrar al Seminario Interdiocesano de Caracas, en La Pastora, donde los Jesuitas abrieron un internado para niños, aun cuando la casa estaba orientada a la formación de sacerdotes”.

Emocionado al recordar aspectos de una educación que agradece con generosidad, Germán Flores, profesor de Castellano y Literatura, y Latín y Griego, quien a lo largo de su prolija vida docente le dio clase a media Venezuela, recuerda que ingresó al Seminario el 1 de septiembre de 1939, el mismo día que comenzó la II Guerra Mundial. Agrega que “los menores dormíamos en celdas individuales divididas con paredes que no llegaban al techo, mientras que los mayores, que eran los que estudiaban Filosofía y Teología, tenían celdas más grandes con puertas de madera, y aunque todos habitábamos bajo el mismo techo, las normas eran tan estrictas que el contacto entre los dos grupos de mayores o de éstos con los menores, estaba totalmente restringido”.

Cada día la rutina comenzaba a las 5:30 am, al sonar la campana que indicaba la hora de ponerse en pie para dar inicio a una jornada que combinaba horas de estudio, con meditación, oficios religiosos, lectura y deporte, y por supuesto, los recreos que eran el único lapso de tiempo cuando se les permitía hablar. “Era considerado una falta grave hablar en las filas, en las clases, en el estudio, en la capilla o en los dormitorios, y cuando estaba permitido, era solamente entre los miembros de un mismo grupo; es decir, menores, filósofos o teólogos entre sí”, recalca agregando que algunos compañeros que no siguieron la carrera sacerdotal y se fueron a estudiar a la Escuela Militar, contaban que aquello era un relajo comparado al Seminario.

A pesar de lo estricto del régimen, para nuestro personaje la educación jesuítica es de las mejores. “De su influencia, sus métodos y su respeto por la individualidad y a la comunidad, podría yo escribir un libro sobre los Jesuitas, a quienes agradezco”.



Janet Pereira, internada por retraída


La excesiva timidez de Janet fue lo que hace 50 años motivó a su madre a enviarla a un internado en Ottawa, Canadá, donde estudió bachillerato comercial, aprendió otro idioma, cultivó nuevas amistades, y desde el primer día se sintió libre, comprendida e inmensamente feliz, pues aunque el Notre Dame Convent era un colegio de monjas, éstas no tenían ni rollos ni tabúes. “Eran tan abiertas que hasta nos ponían en contacto con los varones internos en el colegio de curas, para que saliéramos a bailar los fines de semana”, nos cuenta recordando que cuando su madre la dejó en el internado el primer día, le recomendó a la Hermana Superiora no dejarla salir hasta que regresara por ella al término del año escolar, a lo que la monja le respondió que eso no sería posible porque “en el colegio no se aceptaban mujeres histéricas”. Mi madre, -recuerda soltando una carcajada- quedó paralizada.

“Imagínate que una vez me invitaron a un baile formal y una de las monjas me maquilló de tal manera, que cuando me miré al espejo tuve que irme a lavar la cara, porque tenía la boca excesivamente roja y los cachetes colorados como una manzana”, relata divertida recordando enseguida a Wilda Brown, su mejor amiga y compañera de travesuras, con quien se fue un día al Royal Bank of Canadá a entrevistarse con el gerente para pedirle un préstamo de dinero al banco, pagadero cuando llegara la remesa que enviaban los padres cada mes.

Tendríamos entonces unos 15 años, -recuerda Janet- era viernes y nos habíamos quedado sin dinero para nuestras andanzas del fin de semana, así que haciendo gala de la más pura inocencia hablamos con el gerente para que el banco nos aprobara un préstamo de 30 dólares. El hombre salió de la oficina y enseguida regresó con el dinero dentro de un sobre. Agradecimos el gesto y nos fuimos campantes a comer en un restaurante. Además de Wilda, la panameña, había otras latinas en el internado. “Dos cubanas primas hermanas que literalmente se entraban a puños cuando discutían de política, porque una apoyaba al régimen castrista recién instalado y el papá de la otra había sido ministro de Batista. También había dominicanas y mejicanas, y las venezolanas que éramos mayoría, y en líneas generales todas tan indisciplinadas que al cabo de un año, y a pesar de lo liberales que eran las monjitas, el colegio decidió hacer una especie de caída y mesa limpia, y del grupo sólo nos permitieron permanecer en el internado a Wilda y a mí”.

Con respecto a los valores aprehendidos durante esta vivencia de tres años, Janet habla de los libros que pasaban de una mano a otra y del compromiso de cuidarlos para que las próximas alumnas pudieran seguir estudiando con ellos, y de cuando la monja entraba al salón a entregar las preguntas de un examen y luego salía dejando solo al grupo sin temor a que alguien se atreviera a sacar una chuleta. Con este tipo de ejemplos diarios, -concluye- “no solamente aprendí a ser una buena ciudadana, sino la importancia de ser honesta conmigo misma”.


Alejandra Cárdenas soñaba con el internado


“No tengo la menor idea de dónde nació esa ilusión. Quizás eran mis ganas de ser independiente, quizás la influencia de las novelas o las películas que se sucedían en ese tipo de escuelas, pero desde los 7 años todo lo que añoraba era irme a estudiar en un internado, imaginando la complicidad con las compañeras, lo estricto que serían los maestros, las travesuras que haríamos”.

Así recuerda Alejandra Cárdenas su sueño infantil materializado 9 años más tarde, cuando sus padres la llevaron al internado Beau Soleil de Villars-sur-Ollon, un pueblito de montaña en Suiza, donde compartiría con otras chicas una habitación en La Maison de la Harpe, a cargo de la temida Mlle. Slobec, “una solterona que había dedicado su vida a la educación de señoritas y obviamente a regañarlas, hostigarlas y sobre todo a convertir cada minuto en una abrumadora pesadilla de deberes y castigos, tal cual ocurre en las películas”. Sin embargo, -dice- a pesar que mis padres se irían muy lejos y me dejarían en un país desconocido bajo la custodia de una bruja que tenía en la cara una de esas verrugas a las que no les puedes quitar la vista, yo estaba feliz”.

Para ese entonces, hace poco más de dos décadas, el padre de Alejandra era embajador de Méjico en Arabia Saudita. “Ryhad era como una prisión donde todo estaba prohibido para las mujeres y el mundo para una adolescente de 16 años como yo, no era nada atractivo”. Por suerte, -agrega- acababa de terminar el 3er. Año de bachillerato y hasta allí teníamos cupo en los colegios, porque los musulmanes no querían a una bola de rebeldes adolescentes extranjeros contaminando a sus jóvenes, y por eso teníamos que irnos a estudiar afuera”.

Pese a su esfuerzo por esconder su timidez, el temor la delató desde el primer día en el internado, y por eso durante un año entero se la pasó ensimismada e insegura, descuidando las tareas y escribiendo poemas, cuentos y otras “bobadas” en su diario. “Así aprendí que no todo es como en las películas, sino más bien una realización triste y franca que te sirve para poner los pies sobre la tierra”, dice recordando el pánico que la paralizó cuando entendió que estaba sola y sin saber con quiénes tendría que cohabitar durante un año, pasara lo que pasara”. Asegura haber recreado en su mente todos los panoramas posibles y fue entonces cuando se percató que la aventura apenas iniciaba y que tal vez no sería para nada cercana a lo que había imaginado.

Aunque se perdió la mitad de los paseos por floja, asegura haber aprendido muchísimo durante ese año de internado. Comprendí profundamente el valor de la familia, -asegura- pues había chicos y chicas que vivían allí refundidos desde muy temprana edad porque sus padres no tenían tiempo para ellos, y aunque les daban todo lo material, no tenían un hogar. También había una española que estaba interna desde los 10 y no paraba de hojeaba las revistas Hola para saber de su mamá que aparecía allí con mucha frecuencia. “No lo sufrí en carne propia porque no fue mi caso, pero me quedó claro que el internado no es un lugar para deshacerse de los hijos, porque entiendo que la sensación de castigo y abandono debe ser realmente intolerable”, concluye Alejandra.



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