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Mis hijos, mi fortaleza

Lo común es ver cómo una mamá cuida a su retoño cuando se enferma, pero una enfermedad como el cáncer de mama suele hacer que los papeles se intercambien. Madres que lo padecieron cuentan cómo sus hijos, a distintas edades, se convirtieron en pilares de su recuperación


Fecha: 19-10-2016

Etiquetas: “Cáncer de mama”, Enfermedad, Diagnóstico, Quimioterapia, Esperanza, Familia, Hijos, Maternidad, “Edición rosada”, Dominical


Mis hijos, mi fortaleza
“Son ellos los que me dan la fortaleza todos los días” (Créditos: Patrick Dolande)

Por: Lorena Meléndez G. / loremelendez@gmail.com @loremelendez

 



Yilda Abreu

Mamá, ¿qué te va a pasar? Mi abuela murió de cáncer.

Hijo, nosotros vamos a luchar contra esto. Yo quiero vivir y quiero estar a tu lado.

Tranquila, mami, que yo voy a estar contigo.

 

Yilda Abreu recuerda así el momento en el que le dijo a Gustavo, su hijo menor, que tenía cáncer de mama. Los miedos se manifestaron desde el primer día, pero la fe en su recuperación y las risas de él, junto a las de toda la familia, han sido parte de un tratamiento que la ha ayudado a mantenerse firme y con una sonrisa.

 “¡Es que él es muy payaso!”, dice ella mientras se acuerda de las picardías de su pequeño. Una mañana, cuando se vestía, casi se desmaya por los efectos de una de las sesiones de quimioterapia. Él escuchó el tropiezo y se acercó a preguntarle qué le pasaba. Yilda contestó, en tono jocoso, que casi no se podía poner la ropa interior y él soltó una carcajada. “Yo me río de las cosas que le pasan a mi mamá y ella termina riéndose también”, comenta Gustavo, quien pronto cumplirá 12 años.

Cuenta Yilda que nunca escondió lo que le pasaba. A sus familiares, incluso a Gustavo, les habló desde el principio del nódulo que descubrió en diciembre pasado, de los exámenes que comenzó a hacerse en enero y de la biopsia que le practicaron en julio. “Esto hay que decirlo para poder afrontarlo. Esto no lo sufre solo el paciente sino que nos afecta a todos”, dice.

Su hija Geraldine, de 27 años, fue la primera en conocer el diagnóstico después de su madre. Ya en casa se lo dijo a sus otros dos hijos, a su hermano, a su madre y hasta a su expareja. Desde entonces, todos han colaborado para hacerla sobrellevar la situación, y en especial sus retoños han demostrado estar allí para ella. Mientras Geraldine y Carlos David, de 22, se ocupan de buscarle medicinas, atenderla y llevarla a las consultas, Gustavo se ha convertido, como ella misma dice, en su bastón. “Es increíble la ayuda que me da. Él me pasa todo, me lleva el baño cuando estoy débil o cuando quiero salir a la sala”.

La ternura es otro elemento motivador para luchar. “Gustavo vive dándome besos en el coco”, dice Yilda, a quien le dan calor los sombreros. Sus hijos le han dado todo en este momento tan duro. “Creo que sin ellos no hubiese podido con esto. Son ellos los que me dan la fortaleza todos los días”.


Nancy Chirinos

El año pasado, Nancy Chirinos supo que, por tercera vez, tenía cáncer de mama. Sin embargo, esta fue la primera que se enfrentó a él junto a su única hija, Mariángel, quien fue concebida justo en el momento en el que se trataba el segundo nódulo maligno. “Ella fue un milagro”, dice Nancy al rememorar el nacimiento de quien se convirtió en el pilar fundamental de su reciente recuperación.

Antes de irse de vacaciones, Mariángel sabía que su mamá se estaba sometiendo a exámenes porque había encontrado un cuerpo extraño en uno de sus senos. Ella conocía el historial médico de su madre, así que nunca minimizó el hecho. Cuando regresó, conoció el diagnóstico. “Yo recuerdo que mi mamá se sorprendió porque no esperaba tener cáncer, pero aceptó todo el proceso y dijo que lo pondría en manos de Dios. Yo admiré eso porque si me lo hubiesen dicho a mí, yo sí me hubiese alarmado mucho”, cuenta Mariángel.

Esa admiración es mutua. Nancy nunca pensó que la niña de sus ojos tomaría, en gran medida, las riendas de la situación. Fue su hija quien se ofreció a cuidarla la noche posterior a la operación, la acompañó en un viaje internacional que debió hacer cuando aún su estado de salud era delicado, estuvo a su lado durante las sesiones de quimioterapia, y le brindó atenciones y compañía mientras estaba de reposo. “Yo sabía que mi papá estaba con nosotras, pero entre mujeres siempre somos más cuidadosas”, dice Mariángel, a quien se le escapa una risa tímida para explicar esa complicidad femenina que ahora está presente entre ambas. “Yo sentía que tenía que cuidarla, para mí no era una obligación, solo tenía que hacerlo. Tenía que estar allí para ella”.

Nancy comenta que la rutina ha vuelto a su casa desde hace poco más de un mes. Ella ha vuelto a trabajar y ahora mira atrás impresionada por la actitud de su hija. “Para mí, fue un paso para madurar y me ayudó a entender muchas cosas. Yo era adolescente y estaba alejada de mi mamá, pero ahora me comunico más con ella, prácticamente le digo todo. Yo sentía que mi familia se estaba desmoronando, pero supimos cómo levantarnos”, afirma Mariángel.


María Dolores

“Hicimos un equipo”, dice Pablo Escauriza cuando recuerda los días de reposo que debió tomar su madre, María Dolores Soto, luego de la operación a la que la sometieron en febrero. Ese mes le entregaron el diagnóstico de la biopsia del tumor que tenía en uno de sus senos, un carcinoma que le obligó a entrar en el quirófano cuanto antes.

María Dolores vive desde hace años con su único hijo, quien es padre de otros tres, una niña de 10, que comparte con ellos algunos fines de semana, y dos veinteañeros. Lo usual es que Pablo salga a trabajar todos los días, mientras que ella se queda en casa. Pero la dinámica del hogar cambió cuando se supo que María Dolores padecía de cáncer de mama. Ella, tan activa y tan amante de la cocina, debió ceder los quehaceres del hogar a Pablo, y a esa rutina se añadieron curas, repetidas consultas y masajes. Él, que trabaja por cuenta propia, pudo hacer las pausas laborales que necesitaba para atender a su madre y hasta compró el libro rojo de Armando Scannone para prepararle algunas recetas y variarle el menú.

“Esta experiencia me ha cambiado la forma de valorar la vida. Estar tan cerca de una enfermedad que puede ser tan cruel y mortal no es nada sencillo. Aprendes a valorar el tiempo que puedes compartir con tu mamá y a decirle lo que sentimos a las personas que amamos. Un examen te puede cambiar la vida”, dice Pablo, quien añade que su hija menor los acompañó algunos días, y que una vecina también colaboró durante la recuperación.

María Dolores afirma que el mayor apoyo se lo dio su hijo. En él depositó su confianza para levantarse y volver a andar. “Yo sí esperaba que él se comportara así porque es un muchacho de buenos sentimientos, me complace. Todavía anda conmigo para arriba y para abajo”, dice.


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