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Hogar | Mascotas

Gabaldón

Un lindo amigo que conocí en la calle


Fecha: 21-08-2016

Etiquetas: Gabaldón , mascotas, Uruguaya, perro


Gabaldón
Un hermoso amigo. (Créditos: Archivo)

Por: Nilda Silva @Nildasilvaf

 



Lo conocí casi por casualidad. El caminar vacilante que el hambre le imponía a la Uruguaya, su amiga recién parida, me llevó hasta su afecto manso y agradecido. Aquel día Gabaldón me miró con curiosa incredulidad…  alguien le acercaba a respetuosa distancia un poco de comida. No de todos, se convencería luego, tendría que defenderse con sus ladridos, más nerviosos que amenazantes, a decir verdad. Desde entonces, y hace más de tres años, este perrazo de un marrón mestizo y con ojos de faraón, se olvida por un momento de que su casa es el desamparo para desatar cada tarde la ternura con un abrazo acurrucado y sostenido, como quien no quiere que 10 minutos sean solo 10 minutos, el tiempo que me permito estar con él mientras le doy su comida, que tomará puntualmente solo luego de su perruno gesto de amor.   

Fue Gabaldón quien despojó a la lluvia de su encanto; después de él, ver llover nunca fue lo mismo, como cuando escuchaba con alborozo el aguacero bajo el techo de zinc de mi infancia, o cuando me dejaba envolver por el perfume de la tierra mojada. Ahora llueve y me cae encima la tristeza de un perro a la intemperie. Cada gota ultraja a mi amigo sin techo y, con él, a los millones de perros que en nuestras calles están expuestos al hambre, el abandono y la crueldad humana.

A cambio de robarme la belleza de la lluvia, me regaló la alegría de verlo correr emocionado, jugueteando con la Uruguaya, una catira de ojos azules un poco más pequeña que él, cuando voy a nuestro encuentro de cada día.

Claro que hemos pasado por momentos difíciles, aquel moquillo que casi lo mata y que conjuré a fuerza de inyecciones que se dejaba poner con mansedumbre, o la vez que una pelea “pasional” terminó en una gusanera a la que también le ganamos la batalla. En cuanto a mí, poco a poco me sobrepuse al miedo que me sembraron en el alma los tres malandros que se robaron mi carro –era ya la segunda vez- a punta de pistola, mientras le daba de comer. Y ahora la peor amenaza es la falta de comida, pero sabemos que eso tampoco nos va a doblegar. Nos aferramos a esos breves y entrañables momentos que pasamos con amigos y seres queridos para mantener en alto la alegría, ese inexpugnable escudo contra la infamia.    

Con este grandulón yo tengo asegurado, como mínimo, diez minutos diarios de felicidad; sé que él también los tiene conmigo. Cuando me voy, por el retrovisor lo veo mirándome hasta que me le pierdo de vista… un magnífico perro mestizo vuelve al desamparo, mientras yo parto rumiando lo que sé es solo un sueño: ¿cuándo será el día en que honraremos la limpia y vieja amistad de los miles, millones de Gabaldón que esperan seamos tan nobles como ellos?

 

Nota: con Gabaldón comienzo este espacio dedicado a las mascotas, las nuestras y las de la calle, esas que más nos necesitan.



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